Sinopsis
Isabel de la Trinidad tuvo una profunda experiencia de la presencia de Dios, que maduró de manera impresionante durante los años de su vida en Carmelo. En ella recibimos a un ser rico en dones naturales; era inteligente y sensible, una pianista perfecta, apreciada por sus amigos, delicada en su afecto por los suyos.
En un grado excepcional, tomó conciencia de la comunión que el Señor ofrece a toda criatura. Hoy nos atrevemos a presentar al mundo a esta monja recluida que llevó una «vida oculta con Cristo en Dios» (Col 3,3) porque es un testimonio luminoso de la alegría de estar arraigado en el amor (cf. Ef. 3,17). Celebra el esplendor de Dios, porque sabe que está habitada en lo más profundo de su corazón por la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu, en la que reconoce la realidad del amor infinitamente vivo. Isabel también experimentó sufrimiento físico y moral. Unida a Cristo crucificado, se entregó por completo, cumpliendo la pasión del Señor en su carne (cf. Col 1,24), siempre segura de ser amada y de poder amar. Cumple el don de su bendita vida en paz.
JUAN PABLO II, Homilía en la beatificación de Sor Isabel de la Trinidad (25 de noviembre de 1984)